Cartas olvidadas

El pasado 17 de Enero – aparentemente un día normal en la capital – me levanté con unas ganas terribles de deshacerme de algunas cosas y reorganizar mi habitación. Estaba limpiando la librería cuando, entre tanto polvo y apuntes de la universidad, encontré mi vieja carpeta de cartas y digo vieja porque debe tener más de 15 años. Era roja, aunque ahora los años la han decolorado y estaba totalmente abombada de la cantidad de papeles que había dentro, donde tan sólo un fino lazo medio roto impedía que se salieran todas esas cartas.

Decidí ponerme a ordenar algunas de ellas y releer otras muchas. He de reconocer que se me saltaron las lágrimas con más de la mitad y varias carcajadas con el resto de ellas. Cotilleos del colegio – marujeos, más bien – hablando de a quién le gusta quién, cartas de ese primer amor, de esas amigas de campamento, felicitaciones de cumpleaños o Navidad y otros muchos más temas, tal vez tonterías, por los que escribir una carta.

Actualmente, eso de escribir cartas sobre papel es una costumbre que por desgracia se está perdiendo. Y yo me pregunto: ¿Qué serán, en unos años, de los llamados “tipex“? O de esos bolígrafos borrables que se pusieron tan de moda hace ya muchos años, de las gomas “Milan” que podían ser de diferentes colores o de esos estuches todos firmados y pintarrajeados por tus compañeros de clase. Todos ellos, quedarán sustituidos por un simple click en el botón “delete” o “suprimir” de nuestros ordenadores, tabletas o smartphones de última generación.

Cartas
Photo: Teresa Martínez

Personalmente, considero que recibir una carta en mano, escrita a puño y letra de esa persona especial, no se puede comparar con nada; por mucha tecnología y nuevos avances que haya actualmente en la sociedad. El hecho de poder reconocer su letra, esa mezcla entre el olor a papel y el de la propia persona que escribe, esa tinta corrida por culpa de las lágrimas caídas, esas líneas y párrafos torcidos – tan perfectamente imperfectos –  o esos pequeños tachones o correcciones, son los pequeños detalles que te hacen ver que somos humanos y no simples autómatas.

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Photo: Teresa Martínez

Después de ésta simple reflexión me queda una cosa clara: esa vieja carpeta roja seguirá dónde está, mínimo, otros 15 años más.

Un pedacito de lo que fuimos.

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En el tren de las 7:55

Miércoles. Eran las 7:47 a.m  en una estación totalmente muda, sin el más mínimo murmullo. El sonido de los pájaros sobrevolando el cielo despejado y la fría voz de megafonía, eran los únicos responsables de ese silencio roto.

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En el andén con destino “Guadalajara” se encontraba sentada ella, una chica con carita de muñeca; piel pálida como la nieve, en dónde resaltaban unos finos labios débilmente rosados y unos ojos tan azules como el cielo de aquella mañana. Bajo su gorro morado se escondía una larga y ondulada melena cobriza, con pequeños brillos dorados que se dejaban ver al sol, y unos auriculares conectados a lo que parecía un mp3.

Con los ojos medio cerrados y metida en su mundo – la música – se despierta, con un ligero sobresalto, al escuchar esa voz que le avisa de la llegada de su tren. Sube con un cierto sosiego y busca un sitio junto a la ventana, para así poder seguir soñando despierta mientras observa el mundo exterior al ritmo de su lista de reproducción.

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Pasan los minutos, y con ellos las paradas, cuando al llegar a una de las estaciones se despierta de nuevo – un tanto inquieta ésta vez – con los latidos de su corazón al oído, palpitando cada vez más rápido y fuerte. Para el tren; unos bajan y otros suben; y entre tanto viajero allí estaba él, con su pelo revuelto por el viento y su aspecto algo desaliñado pero a la vez cuidado, que le daba ese toque tan interesante. Se sentó un par de asientos de donde ella estaba, y  en ese instante dio comienzo el juego de las miradas y sonrisas eternas.


No saben sus nombres, pero qué más da si se entienden sin palabras. Siendo la envidia de muchas parejas al sacarse más sonrisas que cualquiera.


De nuevo es esa oportuna voz. La que rompe el momento, mientras ambos ríen en una única carcajada, dando así por terminado su juego.

Esa chica de allí

Todos se preguntan quien es esa chica de allí; la que anda por la calle a paso firme con sus cascos y su música Rock a todo volumen, aislándose de un estresante y agobiante Madrid a las 8 de la mañana; la risueña que sueña despierta 16 horas al día imaginándose en cualquier otro tiempo y lugar; esa que sonríe sola mientras el viento frío del invierno acaricia su rubia melena, recordando los buenos momentos del ayer. La que sentada en el bus hacia el trabajo se hace preguntas sobre el resto de viajeros: De dónde vienen? A dónde iran? Qué historias esconden? Serán felices?

Esa niña en un cuerpo de 26, introvertida, tranquila y de pocas palabras; que prefiere escuchar antes que hablar, esa que siempre intenta ver desde fuera las discusiones e intenta buscar soluciones más que provocar. Extremadamente vergonzosa y cariñosa, aunque es más de expresar sentimientos escritos que hablados. Tiene tantas virtudes como defectos, es humana.

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Photo: Teresa Mrtínez

La adicta al sonido de una Gibson en buenas manos, a ese pequeño “click” que emite su Nikon cada vez que plasma la realidad, a “Al Cantar” de Platero y Tu o al solo de Slash en “Sweet Child O’ Mine“, a la mezcla de dulce de leche y chocolate derretido, al olor a café recién hecho por la mañana y a esos “5 minutos más“.

Pues bien, chica de allí, soy yo.